no te intimida

Gustavo Rodríguez

Todo se come, Todo se vende

Publicado: 2012-02-07

Lluvia de ideas en torno a “Cocinero en su tinta” de Gustavo Rodríguez.

Sensaciones encontradas. Eso es lo que uno siente cuando terminada de leer “Cocinero en su tinta” (Planeta,2012) de Gustavo Rodríguez.

El libro es ordenado, tiene una estructura clara, casi lineal, que no plantea mayores complicaciones de tiempo y espacio. Además, si se logra superar las primeras páginas, el lector sentirá que aflora esa necesidad de final de las obras aristotélicamente redondas.

Pero el principal problema de la cuarta novela de Rodríguez es el lenguaje. Su carencia de lenguaje, más bien. Su prosa, muy correctita, es el grado cero del estilo. Es como verse obligado a comer un lomo saltado bien presentado pero desabrido. Hay una historia pero no hay literatura. No hay placer.

Entonces es inevitable sentir cierta decepción. Que por esta novela se haya armado tremendo escándalo es como ser Romeo y descubrir, de pronto, que Julieta va a decir que no.

Este no estilo se sostiene sobre todo en metáforas, comparaciones y descripciones plagadas de  lugares comunes y poca reflexión.

Por dios –lo dice un ateo- quién puede escribir: “El amor es un ingrediente de la comida, solo que es invisible en la receta”. “Si no los deslumbro en ese instante, quizá nunca tenga otra oportunidad”. “El aullido de una sirena lejana fue la única respuesta”. Todas citas del capítulo 1. Que se repiten, por el estilo, en los 18 capítulos, sin contar los tres intermedios donde Rembrandt Bedoya (sugerente nombre), protagonista de la novela, toma la palabra (el narrador pasa de la tercera a la primera persona) para compartir sus impresiones sobre el libro que Rodríguez (el escritor en la ficción) está relatando sobre Bedoya, “dueño de uno de los restaurantes de culto de la ciudad de Lima”.

Sin embargo, lo más dudoso de la novela es que Rodríguez se acomoda a la anécdota con gancho publicitario (“la primera novela sobre el boom gastronómico nacional”) y no cuestiona la ficción tejida por cocineros y empresarios sobre cómo es el cau-cau. Apenas asoman por allí algunos momentos de leve envidia entre ellos, superada hacia el final. Pero no solo no cuestionada nada. Les hace una comercial.

Porque eso es “Cocinero en su tinta”, un comercial sobre el supuesto boom de la comida peruana. El “Perú Nebraska” de la literatura (con minúsculas) nacional. Un comercial con estructura pero carente de pluma y propagandístico con lo establecido.

Rembrandt Bedoya es un personaje bien delineado. Tiene conflicto. Se está separando de su esposa para iniciar una, según ellos, seria comedia de enredos con su amante. Debe presentar un plato novedoso y original en Madrid Fusión. Busca en su memoria. Recuerda la violenta relación que tuvo con su padre. Es amparado por la cálida voz y los consejos de su abuela. Con todos estos ingredientes cocinará una receta sobresaliente para ser presentada en España y encausará sus dilemas como padre, pareja e hijo. Lindo final. Pero el problema del personaje es el mismo de la novela. Por algo es su protagonista. No hace otra cosa más que ensalzar el lugar común sobre la comida y los cocineros peruanos. Y por eso la sensación final es que el libro ha sido cocinado solo para vender.

Juan Carlos Méndez.


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